Las melisendras no gritaban ya.
Las escaleras estaban silenciosas.
Me lancé por ellas.
Las bajé con la misma rapidez que si hubieran estado iluminadas.
Llegué á la puerta de la calle.
Los de la zalagarda la habian dejado abierta.
Ciego, desatentado, temiendo siempre sentir las manos de la Nicanora que me agarraban, corrí, llegué á la plazuela de Santo Domingo, donde me esperaba mi carruaje, me zambullí en él, y dije al lacayo:
CAPITULO XVIII.
En que doy fin y remate á mis aventuras de Tenorio y de buscavidas.