Yo respiré.
Salí á la cocina.
Apagué la luz.
Me fuí á la puerta, y escuché.
El ruido de los pasos que habian espantado y ahuyentado á la Nicanora, se sentían ya al pié de las escaleras.
Al mismo tiempo se oian vocea de tres ó cuatro mujeres que gritaban:
—¡A esos pillos! ¡ladrones!
Era, en fin, una culebra, que por fortuna mia, habia engañado á la Nicanora.
No me fué difícil correr con mi navaja el fiador de la vieja cerradura.
Salí al pasillo.