Conque yo te tengo mucha cuenta, chaval: déjate de señoritingas, que no son ni chicha ni limoná, y de viejas que apestan, y apégate á mí, que ya sabes si valgo más que otras que se dán tono de hermosas.
¡Digo: porque sí!
Y volvió á envolver en el pañuelo las joyas que dejó sobre la mesa de noche.
Como podeis suponerlo, mis adorables lectoras, me sentó muy mal aquel acto de mi terrible amante.
Podia muy bien creérseme cómplice del robo, si me encontraban encerrado con ella.
Habia una razon más, y poderosa, para escapar.
Cuando ya desesperado, y con miedo á la cárcel y al presidio, me decidia á usar á todo trance de la fuerza, sonaron pasos presurosos y fuertes de muchos hombres en las escaleras.
La Nicanora se puso pálida, y se aturdió.
Pero instantáneamente dominó el aturdimiento, y cogiendo el pañuelo donde estaban las alhajas, le arrebujó, se lo metió entre el seno, y exclamando:
—Á obra que no á mí,—se fue á la lucana, la abrió, y escapó por el tejado.