Mi marido me creerá en el baile.
No le extrañará que yo no vuelva á casa hasta que sea bien de dia.
Estoy contentísima.
Y tiraba de mí.
Salimos del salon.
Apenas estábamos en el vestíbulo, cuando una máscara, un dominó blanco y azul, Adriana, aquella Adriana de Capellanes y de la Infantil; es decir, Micaela, se nos puso delante.
—¡Ah!—exclamó:—¡así se deja á una señora sola casa de Casacon, dándole un cambiazo!
¡Ah, ya sabia yo que te encontraria aquí!
—¿Quién es esta mujer?—exclamó con un desprecio agresivo Loreto.
Yo sudaba.