Me sentenciaron las costas y me aplastaron con una multa de cien reales.
Yo no sabia lo que era guita, desde hacia un siglo.
Se me dió un respiro.
Se me pidieron, las señas de mi domicilio.
Se me advirtió que si dentro de tres dias no arreglaba mi cuenta con la justicia, se echaria mano de mi bella persona y se me aposentaria de balde, y con la manutencion, en el aristocrático hotel del Saladero.
La cuestion era grave.
¿De dónde sacar los ciento y tantos reales que habian hecho caer sobre mi mal genio y mis puños?
Quien quiera saber lo difíciles que son ocho duros, que los necesite.
Ninguno de mis amigos valia tres pesetas.
Tenia yo una cocinera.