Tuvo lugar en mí una furiosa alegría y á la par un movimiento de sorpresa.

Ya tenia la multa y las costas.

Pero ¿quién habia regalado aquella alhaja, que valia lo ménos mil quinientos reales, á mi precioso dominó blanco y azul?

Yo estaba seguro de que ella pertenecia al género, á la especie señoritinga.

Aquella alhaja no podia haberla venido honestamente.

Habia moros en la costa, ó por mejor decir, viejo rico.

Sólo los viejos ricos se van con tales mujeres á los regalos cuantiosos.

Yo sonreia por una parte á mi libertad, á la integridad de mis derechos individuales, y por otra parte rujía de celos.

Aquel hoyito de la garganta, que yo creia virginal; aquellos ojos, en que yo veia á través de la mirada una pureza incitante; aquellos cabellos de oro, que yo suponia no tocados sino por el peine; aquel talle cimbrador, etcétera, todo esto habria tenido la profanacion hedionda de un viejo.

Esta idea me desesperaba.