Le así el brazo.
Ella se desasió; pero me dejó prenda.
Un brazalete.
Y pesaba.
O era de oro ó estaba relleno de plomo.
Yo toqué retirada; me escabullí, me deslicé, me traspuse; me fuí á un lugar no muy decente, fuera de un caso especial.
Pero allí podia ver, examinar la alhaja á mi placer.
¡Oh felicidad!
Era una sierpe de oro.
Tenia dos esmeraldas por ojos.