Salimos del baile la cantinera y yo y tomamos hácia la calle de la Abada.
Entramos en una casa cuyo número no recuerdo.
Me sentia casi feliz.
Habia recobrado mi sombrero, mi americana y los ocho duros dados en garantía.
La cantinera polaca me llenaba el ojo.
Aquel era un amor incidental que no viene á cuento.
CAPITULO V.
En que doy á conocer por un lado culminante á mi adorada Micaela.