Micaela estaba irritada, y tan chic, tan hermosa con su irritacion, que no se la podia sufrir.

—En fin, señor mio,—me dijo;—su conducta de usted es horrible, es insoportable, odiosa, lo más cobarde y víl que puede haber en el mundo. Si no me dice usted lo que ha sido de mi brazalete, que sin duda habrá usted empeñado, nos vamos á ver las caras. El brazalete no es mio, es de mi señora; porque ¿para qué tiene la señora sus joyas si no pueden usar de ellas sus doncellas? Pero usar no es abusar; tomarse una licencia es disimulable; pero pasar por ladrona...

Y le relampagueaban los ojos.

—¡Qué hermosa estás enojada, alma mia!—la contesté.

Entornó los ojos Micaela y me miró con la ferocidad del toro puesto en suerte por el matador.

Parecia como que queria decirme:

—O tú, ó yo.

Me dió una, especie de escalofrío.

Sentí miedo.

La tórtola se convertia en buitre.