—Se dan casos...—dije.

—En efecto, sí,—dijo ella;—se dan casos de que una niña de diez y ocho años, una persona decente por su orígen, á quien las desgracias han traido á una condicion muy inferior, excitada en su honra, desnuque á un tunante.

—Sólo con mirarte, alma mia, me entra la basca y no me puedo tener de pié,—la dije.

—Esos son otros Lopez,—me contestó con descaro.—Los Lopez de ahora son, que yo te liquido si no me das el brazalete de mi señora, y aunque te metas debajo de la tierra, de allí te saco y te finiquito.

—¿Quieres decirme, paloma mia adorada, de dónde has sacado esa terminología?

—¡Bah! Allá nos vamos niño; conque ya sabes, dame mi brazalete, ó ya verás; yo te lo prometo, te vas á encontrar lo que te se ha perdido.

Y su mirada se hizo más amenazadora y más hermosa.

Mi miedo crecia, y al mismo tiempo mi amor.

Mi Micaela era toda una hembra.

Y parecia mentira.