—¿Cómo robar?—la respondí.—Distingo. Cada uno usa en las circunstancias supremas de los medios que tiene á su alcance.
—¡Oh, sí, bien respondido! usted es de los que viven de mujeres. Al pelo. ¿Y cuál es esa situacion suprema? ¿Tenia usted que merecer alguna vieja verde y hacer alguna salida falsa para engañarla mejor?
—Eso lo dices tú por tu ama.
—Mi ama precisamente, no...—respondió Micaela, pero mi ama... estamos... yo la sirvo, es verdad; pero en familia, con mucha frecuencia, cuando doña Rufa no la acompaña, la acompaño yo.
—Yo no te he visto nunca con ella.
—Es que yo nunca voy con ella más que á la iglesia ó á visita. En el café ó en el teatro teme la comparacion.
—Naturalmente. Y dime: ¿Esa tia es muy rica?
—Así, por lo mediano; pero quince ó veinte mil duros no la hacen falta.
—¿Vamos á comérselos, hija mia?
—Para eso no necesito yo ayudantes,—me contestó con un acento ambíguo Micaela.—Lo que necesito es que no me comas tú á mí; toma la papeleta y desempeña el brazalete.