—Pues ya no se trabaja por todo,—la dije sacando el doblon que me habia dado doña Emerenciana.

—¡Ah! ya; eso es distinto; voy á darte una prueba de que te aprecio y de que no soy interesada.

Y abrió el baul, buscó en un rincon, sacó un trapo.

Yo no ví lo que el trapo contenia; pero sentí ruido de monedas.

Sonaban á oro.

Estaba visto.

Micaela hacia negocio.

¿Pero qué clase de negocio?

Volví á sentir celos, y esto acabó de probarme que estaba verdaderamente enamorado.

Micaela me dio tres doblones de á cien reales y unas pesetas.