Tú lo sabes.
Lo que has visto hasta ahora en mí lo verás siempre.
Si me he descubierto á tí, ha sido por el brazalete.
De otro modo, te hubiera mareado.
Hubiera probado conmigo misma tu fidelidad.
Porque tú al verme no has conocido en mí al dominó blanco y azul.
Pero te se encandilaron los ojos, hijo, lo que no le gustó mucho á doña Emerenciana.
—No me la nombres, exclamé; aún me dan arcadas.
—Pues así y todo tendrás que apencar con ella.
—¿Y tú me lo dices?