La verdad de mi caso era entónces, que á solas yo con mi hermosa Micaela, no me acordaba para nada de la filosofía.
Verdad es que entonces yo no era filósofo.
No habia ahorcado todavía mis estudios de farmacia para meterme á hombre importante.
Esto es, á hombre político.
No era todavía periodista.
No habia ingresado en el Ateneo.
Estudiaba, no con mucho ahinco, la farmacopea; asistia lo ménos posible á cátedra; me las buscaba con las mujeres; me pegaba con los hombres; era un mocito cruo, y me recomia por mi dominó blanco y azul.
Por mi Adriana.
Tenia al fin á Adriana delante de mí sin careta, con su encantador desaliño, convertida en Micaela.
¡Micaela!