—¿Fuiste el ejecutor del conde de Salisbury?

—Para el rey y los hombres sí; para Dios no.

—¡Cómo!

—La Torre donde se preparó la ejecución, tenía salidas secretas que me eran conocidas, y le dejé escapar.

—¿Y te atreves á decir eso al rey?

—Poderoso señor; desde entonces guardo un secreto para vuestra gracia, que me fué confiado por el conde de Salisbury.

—Y ese secreto...

—Cuando entré, señor, en el calabozo, el conde hacía su confesión, que escuché, porque no repararon en mí y me protegía la oscuridad. En la confesión oí revelaciones en que entraba por mucho el nombre de vuestra gracia. El conde moría asesinado por la traición. Cuando salió el sacerdote, yo me adelanté; creía encontrar un hombre débil, y encontré un valiente; esto acabó de interesarme en su favor. Estaba conmigo Stek el llavero.

—Lástima es que este hombre muera, me dijo.

—¿Quieres que le salvemos? contesté.