Ester era enemigo respetable; la Torre estaba en su poder, y su posición pesaba de una manera notable en la balanza política. Tratóse, pues, de comprarle por entrambas partes, y Salisbury desechó con indignación la primera propuesta. Sabemos el resultado de su negativa: desapareció un día que había sido llamado por el Obispo canciller, y como no se volviese á saber de él, Apsley fué nombrado condestable de la Torre. A esto siguió el encarcelamiento de los adictos á Ricardo, y los sucesos de que ya tienen conocimiento los lectores.

Cuando Salisbury fué arrojado al Támesis por la compuerta de la Torre del Traidor, ganó silenciosamente la orilla, tomó tierra y se dirigió al monasterio de San Bridge, cuyos monjes eran adictos al rey, habiendo sido uno de ellos confesor de Enrique II, al par que lo era aún del conde de Salisbury, y los muros del monasterio ocultaron también al fugitivo: fué éste tan prudente, que su muerte se dió por cierta, y su hija fué puesta en posesión de su herencia.

Sin embargo, el conde, una vez en el monasterio, observaba las prácticas religiosas de una manera rígida, y se había hecho un modelo de austeridad para con los monjes más severos. Jamás salía del convento, ni hablaba con otro que con el padre Williams, su confesor, y que lo era á la sazón de su hija.

Ester era religiosa y practicaba; una vez arrodillada ante el confesonario, desplegaba su alma y la mostraba hasta en lo más recóndito.

Los monjes no se veían en el confesonario; llegaban á él por el interior del monasterio, y sólo comunicaban con el penitente al través de una pequeña reja abierta en un nicho profundo y oscuro que correspondía á la iglesia.

Una vez allí, el misterio y la oscuridad presidían al solemne acto; y la voz del monje, partiendo desde lo profundo, parecía en cierto modo la voz de Dios desde la eternidad.

Siempre que Ester confesaba, su padre asistía al confesonario junto al padre Williams, esto podía ser sacrílego y malo; pero así sucedía.

Por este medio Salisbury conocía la sed de venganza de Ester, sus padecimientos, sus alegrías, su amor á Espada-larga, la conciencia de su hija estaba abierta ante él como un libro, y por lo tanto, cuando pasada la primera sorpresa contó á su hija el modo milagroso con que había salvado su vida; cuando llegó el caso de que Ester quisiese referirle su historia, la interrumpió pronunciando estas solas palabras:

—Todo lo sé, y me alegro de saberlo tal como es; porque de otra manera, lo que ahora encuentro noble y grande, me hubiera parecido criminal y vergonzoso.

—¡Ah, señor! murmuró Ester.