—Y bien, ¿nada tenéis que pedirme?

—Nada, si todo lo sabéis, señor, contestó Ester, fijando sus hermosos ojos en su padre.

—Comprendo... Ricardo Espada-larga... Y bien, es pobre, sin nombre, un aventurero en toda la fuerza de la expresión; ¿pero sabes tú si cuando conozca su origen será para él un objeto de ambición tu amor?

—¡Señor...!

—Su nombre es un misterio semejante al nacimiento de una mujer por cuya causa estoy aquí.

—¡Cómo!

—Desde que la peste aflige á Londres, paso las noches auxiliando moribundos; necesito hacer bien para consolarme del daño que me han hecho los hombres. Pues bien; esta noche volvía de auxiliar á un desgraciado, cuando al pasar por entre la horca del collado de la Torre y la iglesia de All-Hallow, llegó á mi oído el acento de una mujer que cantaba, aquella voz me era muy conocida: á poco la puerta de aquella casa se abrió, y la joven que había cantado salió. Entonces del sótano de la horca salió un hombre y siguió á la mujer, yo les seguí también. Aquel hombre y aquella mujer entraron en tu casa.

—¡Ketti! ¡Ricardo! exclamó Ester.

—Cabalmente, esperé y salieron; seguíles de nuevo, y entraron en una taberna en Sowttwark.

—¡En una taberna! dijo Ester con una amargura en que se traslucían el orgullo ofendido y los celos.