—Sí, en una taberna. Pero en aquella taberna murió Enrique II de Inglaterra, y los jóvenes que entraron en ella eran hijos de Enrique II...

—¿Con que son...? dijo Ester, no atreviéndose á proseguir.

—Hermanos, contestó el conde.

—¡Ricardo! ¡Ketti! hermanos.

—Sí; él es hijo del rey y de lady Rosmunda; ella debe la vida á Enrique II y á una bailarina. Más tarde te referiré esas historias.

El estupor no permitía hablar á Ester; su padre prosiguió:

—Yo conservaba una llave que tenía el rey para visitar á la bailarina, y corrí á buscarla á San Bridge. Volví con ella, y entré sin ser notado.

—¡Oh! sí, recuerdo, dijo Ester, que un día, cuando confesaba con el padre Williams, éste me pidió una llave que debía existir en el lugar de vuestro aposento que me indicó: al día siguiente le llevé la llave.

—Sí, dijo el conde; necesitaba derramar lágrimas, necesitaba consuelos, y en aquel aposento los hallaba; parecíame estar en él junto á Enrique II, teniendo sobre sus rodillas á su pequeña hija, y cuando arrojaba una mirada al lecho, mis lágrimas corrían; porque aquel fué el lecho de muerte del rey.

Salisbury suspiró, calló un momento, y después contó á su hija la historia de los amores del rey con Ketti, y la escena que aquella noche tuvo lugar en la taberna.