—¿Y dónde está Ketti? preguntó Ester cuando su padre hubo concluído.
—En esa cámara inmediata.
—¡Oh! ¡que entre! ¡que entre!
—Sí; pero tened cuenta, hija mía, con que esa desgraciada ama á Ricardo, y si sabe por mí que es su hermano.
Ester abrió la puerta y llamó á Ketti; la niña entró pálida y llorosa y se arrojó á los pies de Ester.
—¡Oh! ¡perdón señora! ¡perdón! yo no sabía que era mi hermano, exclamó arrojándose á sus pies y juntando sus manos.
La expresión de dolor, de amargura y de amor del hermoso semblante de Ketti, era sublime como la del rostro de la Virgen del Descendimiento de Rubens.
Ester levantó apresuradamente á la joven, y contestó á la súplica de Ketti abrazándola conmovida y sellando un beso en su frente. Ketti reclinó la cabeza sobre el hombro de Ester y rompió á llorar; Salisbury caló la capucha de su manto sobre los ojos para ocultar su conmoción.
En aquel momento, en el mismo sitio que se detuvo el heraldo que pregonaba la cabeza de Ricardo Espada-larga, se detuvo otra cabalgata; sonaron otra vez trompetas, y la voz del mismo heraldo se elevó proclamando la vuelta del rey y su estancia en la Torre.
Salisbury se puso de un salto en la ventana; el primer objeto que vió fué el rostro del conde de Surrey alumbrado por las antorchas.