—¡Milord! ¡conde de Surrey! gritó.
A aquella voz las antorchas se elevaron iluminando la ventana, y Surrey vió la noble cabeza de Salisbury, que había arrojado atrás la capucha.
Surrey se arrojó del caballo, entró en el zaguán, y siempre con el pendón real, entró instantáneamente en la cámara donde se hallaba Salisbury.
Miró un momento con sorpresa al conde y le abrazó.
—¡Por San Jorge! dijo; ¿aun vivís?
—Sí, exclamó Salisbury, y quiero ver al momento al rey.
—¡Pues á la Torre! contestó Surrey.
—¡A la Torre! sí, vamos; y vosotras también, hijas mías.
Diez minutos después, Salisbury cabalgaba llevando sobre su caballo á Ester, junto á Surrey que conducía de igual manera á Ketti. Había concluido la proclamación, y los archeros apagaron sus antorchas para evitar lo extraño que debía parecer un caballero llevando sobre su cabalgadura una hermosa joven y en la diestra el pendón real.
Deberemos decir que esta precaución era inútil: llegaron á la Torre sin haber encontrado un alma viviente en el camino.