—¿Cómo te llamas? preguntó Corazón-de-León á Adam Wast.

Este pronunció en voz clara su nombre, añadiendo el de su profesión y el de su país.

—¿A quién reconoces por tu señor natural?

—A las leyes inglesas.

Ricardo frunció el gesto y adelantó un paso.

—¡Vive Dios, traidor! gritó; en Inglaterra no hay más ley que la voluntad del rey.

Adam Wast no contestó; pero fijó una mirada terrible en el rey.

—¿Por qué estás aquí? continuó el rey reprimiéndose.

—No lo sé, contestó Adam Wast.

—¿Conoces á este hombre? dijo Ricardo señalando á su hermano Juan.