—No, señor, contestó con la mayor impudencia Adam.
—¿Y vos, príncipe, le conocéis? preguntó el rey á Juan-sin-tierra.
Este, que estaba distraído contemplando con faz burlona la original catadura del preboste, que sudaba de angustia no pudiendo seguir cómodamente el interrogatorio sobre el pergamino en que estampaba con mano temblona enormes caracteres, volvióse al escuchar la pregunta, y contestó:
—¿Me preguntabas, Dik?
El rey, con una paciencia inusitada en él repitió acentuadamente su pregunta.
Juan-sin-tierra fijó su vista en Adam Wast, detúvose un momento contemplando con una insolente expresión su rostro, y dijo extendiendo hacia él su brazo y señalándole con el dedo:
—¿Quién? ¿ese tuno? ¡vaya si le conozco! Conózcole tanto, como que le mandé encerrar en la Torre, por no sé qué parentesco que tuvo el villano atrevimiento de alegar entre nosotros y una mujerzuela. Me acuerdo de que en aquel momento le predije que vendría á parar en manos del verdugo.
El acento de Juan sin-tierra era tan burlón, tan seguro, que el rey hubiera dudado, á no ser por la severa mirada de reconvención que brilló en los ojos de Adam Wast.
—El príncipe asegura que te conoce, dijo el rey: ¿qué tienes que oponer á eso?
—El príncipe miente ó se engaña, dijo agriamente Adam Wast.