-¡Idos! ¡por San Jorge! gritó el rey lanzando sobre él su caballo, y levantando el hacha de armas.

Los mensajeros del de Limoges, tuvieron por conveniente cobrar sus bridones y escapar; el rey dió la señal de arremeter; los que huían, entraron en el castillo acompañados de un vendaval de flechas.

Casi al mismo tiempo, aparecieron sobre la solitaria plataforma del torreón más avanzado dos hombres; el uno de ellos, permaneció inmóvil, el otro armó una ballesta, y apuntó; el venablo se clavó rechinando en el escudo de Espada-larga.

-¡Ira de Dios! Surrey, exclamó el joven; que Dios no me salve si aquellos dos hombres no son los que continuamente nos persiguen.

En efecto, un mes después de la llegada del rey á Londres, dos hombres le habían acometido para asesinarle; pero frustrada la tentativa, lograron huir; lo mismo había acontecido respecto á Espada-larga y á Surrey, que donde quiera que estaban, tenían ocasión de ver á aquellos dos miserables asesinos, pagados sin duda, y á quienes el diablo debía proteger, puesto no había sido posible haberlos á las manos.

Una descarga de flechas fué á estrellarse sobre las almenas del torreón donde aquellos dos hombres estaban, pero sin herirlos; el que había disparado el primer venablo, armó otro, y el caballo del rey cayó rodando por la arena; el rey se levantó empolvado, frenético, rechinando los dientes y lanzando llamas de cólera por los ojos.

Las flechas pasaban espesas como el granizo junto á los dos temerarios del castillo, y siempre sin tocarlos. En fin, el que tan buen tirador era, armó el tercer venablo; Corazón-de-León dió un grito, y cayó entre sus caballeros: el venablo le había herido en el hombro izquierdo atravesando el escudo, la coraza y la loriga; en el asta del venablo estaba atado un pergamino; el rey le arrancó y le leyó.

—«Corazón-de-León, decía; yo soy el marido de tu hermana; yo el que mandaste poner en el tormento; yo soy el sentenciado por tí y salvado por Satanás para esterminarte; soy Adam Wast, y mueres á mis manos, porque el venablo está emponzoñado.»

Los caballeros lanzaron un grito de venganza; el rey quiso montar á caballo, pero no pudo, y fué necesario conducirle á su tienda.

El castillo fué asaltado, por los furiosos normandos que pasaron á cuchillo á sus defensores. En vano Ricardo Espada-Larga buscó al asesino de su hermano; no le halló ni entre los prisioneros ni entre los cadáveres.