Se había abierto la puerta del castillo, dando salida á una pequeña cabalgata, entre la cual ondeaba un pendón blanco, y que adelantó á la carrera llegando junto al rey, el cual se había adelantado algún tanto á los suyos, acompañado de Espada-larga y del conde de Surrey.
Los que venían del castillo, echaron pie á tierra, y doblaron la rodilla ante Corazón-de-León, á quien uno de ellos se dirigió.
—Señor, dijo mostrándole un ramo de oliva; mi señor natural, el noble conde de Chalus, me envía á hacer proposiciones de arreglo á vuestra alteza.
El rey lanzó una mirada iracunda al mensajero, y señalando los cadáveres de los normandos, gritó enfurecido:
—Es ya tarde: decid á vuestro noble señor, que Corazón-de-León no se allana á admitir proposiciones de un vasallo rebelde, y que si al momento no me abre Chalus sus puertas, no dejaré piedra enhiesta en sus muros, ni cabeza en los hombros de sus defensores.
—Cuando el conde, mi señor, contestó el enviado, negó á vuestra alteza la pertenencia del tesoro encontrado en sus Estados, no disputó más que un derecho; nunca pensó defenderlo con la fuerza, y sólo tomó las armas cuando entró vuestro ejército á sangre y fuego, talando sus tierras. Nada han respetado vuestros soldados, y un terrible azote á caído sobre el Limosin; el conde, mi señor, por la vida de sus vasallos, que también lo son vuestros, me ha enviado á vuestra alteza con un ramo de pacífica oliva; pero ha arrojado la vaina de la espada para defender á todo trance su blasón coronado de conde.
—¿Eso es decir, gritó furioso el rey, que vuestro amo me da á escoger la paz ó la guerra?
—¡Basta! Cuando un vasallo rebelde como vuestro conde se atreve á empuñar las armas contra su señor natural, en vez de admitir su guante, se envían cuatro archeros acompañados de un verdugo, para que quiebre su espada y rompa su blasón; se le hace subir á una horca, y se le cuelga en ella para aviso de los traidores. ¡Idos!
-¡Señor!