Este doble incidente produjo un movimiento hostil en el ejército de Corazón-de-León. Las tiendas se plegaron desapareciendo en un momento, y sólo se vió en su lugar una extensa línea de yelmos y picas, sobre las cuales reflejaban los primeros rayos del sol; línea que avanzaba rápidamente con las picas al hombro, arrojando nubes de flechas sobre el castillo, al son de las trompetas y de los timbales, desfilando como una serpiente, y circunvalando los fosos. Bien pronto el castillo de Chalus estuvo sitiado, y la catapulta empezó á batir sus muros.
Las almenas estaban cubiertas de archeros que arrojaban sobre el ejército sitiador una granizada de venablos, hiriendo á la descubierta á los normandos, que caían con una frecuencia que hacía rugir de rabia á Corazón-de-León.
Cabalgaba éste en un soberbio corcel con gualdrapas de batalla, ennoblecidas con el blasón de los Plantagenet: llevaba la misma armadura dorada con que entró en Londres, y bajo ella ceñía una fuerte loriga. Junto á él, armado de todas piezas, cabalgaba Ricardo Espada-larga á su derecha, y á su izquierda el conde de Surrey llevaba el pendón real.
-¡Adelante, tigres míos, gritaba el rey blandiendo su hacha de armas, y recorriendo al galope su línea que seguía avanzando; ¡adelante la normandía! es necesario que ahorquemos á esos perros franceses.
Los normandos adoraban al rey, si bien no le llamaban más que su duque; pero su duque era invencible cuando se ponía á su cabeza, cuando les aguijaba como un cazador aguija su jauría.
El ardor de los normandos era terrible; entraban sin detenerse un punto al paso de carga, sufriendo los disparos del castillo, y dejando tras sí un rastro de sangre y de cadáveres.
No se oía más que un solo grito:
—¡Salud al duque de Normandía! ¡A Chalus! ¡A Chalus!
Y entraban cada vez con más ardor, estrechando el círculo, á la carrera, con los escudos al pecho y las picas al hombro.
De repente la corneta del rey tocó alto, y aquella valiente muchedumbre se detuvo á un mismo tiempo sin adelantar un solo paso.