Cierto es que Felipe Augusto, según había previsto el obispo de Eli, demandó á Ricardo Corazón-de-León pleito homenaje por los estados de Guiena, Poitú, Normandía y Aquitania; pero Ricardo contestó poniéndose al frente de sus normandos, y yendo con la pujanza de la fiera cuyo nombre llevaba, á embestir en el ejército de Felipe que se hallaba en Saintonges, y avistándole en Niort, le obligó á declararle único y libre señor de las provincias, por las cuales le exigía pleito homenaje. Desde entonces Ricardo y Felipe eran en apariencias los amigos más afectuosos, aunque no por eso dejaban de detestarse recíprocamente.
Por lo que Ricardo llevaba sus armas sobre la faz de Francia, era un asunto puramente señorial. Había heredado de su madre la Aquitania, llevada por ésta en dote á Enrique II, y era por tanto señor natural de Limosin, y de su capital Limoges, cuyo conde era fama había encontrado la noche de Navidad de 1193, un tesoro cuyo valor ascendía á diez millones de florines. Ricardo exigió al de Limoges una parte exorbitante del tesoro; el de Limoges negó su existencia, pero añadió de la manera más insolente, que aunque fuera cierto, ni un florín suyo entraría en las arcas del rey de Inglaterra; y este juró al oir esto, de la manera más segura, que el cráneo del conde le había de servir para medida de los diez millones de florines. Pensar y hacer eran en Ricardo dos cosas iguales; aprestó sus normandos, embarcóse, y entró en Francia por la Mancha. Un día al amanecer, el conde de Limoges vió una elevada tienda coronada por un pendón real, y en torno de ella acampado todo un ejército; aquel día era el 6 de abril de 1194.
Algún tanto preocupado y temeroso el conde, ocupábase en consultar en consejo á sus capitanes el partido que debería tomar, cuando sobre las torres del castillo sonó el toque de una corneta, y el alcaide entró diciendo que dos soldados demandaban hablar particularmente con el conde. Este mandó que fueran introducidos al momento, y en efecto, dos hombres cubiertos con tabardos y las viseras caladas sobre los ojos se presentaron demandando se les señalase un puesto para batirse en defensa del señor de Limoges contra el rey de Inglaterra.
El uno de ellos llevaba una ballesta y tres venablos: adelantóse, y dijo mostrando sus armas:
-Juro por los Santos Evangelios dar muerte al rey después de vencerlo; este, dijo mostrando uno de sus venablos, hará caer uno de sus más cercanos servidores; este, y mostraba un segundo venablo, herirá su caballo y le hará rodar por tierra; este otro se clavará en su pecho y le matará.
El conde de Limoges hizo un ademán desconfiado é incrédulo; pero el hombre que tal había jurado, llegó á una ventana, tomó una flecha del talabarte de un arquero, y señalando á la tienda real dijo:
-¿Véis la enseña del león tremolando sobre su guarida? ¿Si hago rodar esa enseña creeréis que del mismo modo podré herir al rey?
El conde y sus capitanes se acercaron á la ventana, sorprendidos por tan atrevida prueba. Aquel hombre armó la flecha en su ballesta, apuntó y disparó; el arma hendió los aires silbando, é instantáneamente el pendón cuya asta había sido cortada, rodó hasta el suelo, cayendo delante de la tienda.
-Es una casualidad, dijeron simultáneamente algunas voces.
El que tanta destreza había mostrado, tomo otra flecha, y apuntó á uno de los centinelas del campamento enemigo; un instante después el normando cayó como si le hubiera herido un rayo.