—Y tú, niño aun, añadió dirigiéndose al estudiante; tú que aun obedeces al influjo de los recuerdos de tu infancia, ¿quieres saber por qué te hallas comprometido en una empresa en que juegas tu cabeza llena de locos deseos, de ambiciones informes sin objeto fijo, de pensamientos necios como tu imprudencia? pues bien; es porque el demonio del orgullo se ha apoderado de tí; porque deseas crecer en estatura para que los necios te admiren; porque eres demasiado imbécil para creer en tu inutilidad; pobre instrumento que romperá el viento de la revolución como el huracán quiebra una caña. Sí: tú puedes servir de emisario, de espía, de alborotador; puedes servir de una manera admirable, porque cogido en el lazo, morirás sin nombrar tus cómplices; porque has soñado en esa gloria miserable que consiste en que el pueblo diga cuando marches á la horca: «ese es un mártir, ha muerto defendiendo nuestros fueros.» Créeme, Williams, busca tu gloria en los libros; podrás llegar á ser un teólogo insufrible; pero en el terreno que pisas, sólo puedes aspirar á ser un remedo de mártir.

El estudiante miró fijamente al que acababa de darle tan amistoso consejo, y contestó:

—Si yo me sublevo contra el poder que nos oprime, es porque ansío la paz y el orden que debe preceder á la propagación de la ciencia; no puede haber paz donde hay hambre, ergo...

—Y bien, ya véis que os conozco, prosiguió el montero desatendiendo el razonamiento del estudiante; os conozco como vosotros conocéis que cuanto os he dicho es exacto. Ahora bien; cualquiera que sea el motivo que me impulsa á presentarme á vosotros como un aliado, ¿admitís mi alianza?

—Sepamos el valor de tu ofensa, contestó reprimiéndose Adam Wast, para juzgar hasta qué punto puede interesarte el éxito de nuestra empresa.

—¡Mi ofensa! contestó el montero, cuyo rostro se cubrió de una sombría expresión de odio; ¡mi ofensa! Yo, después de ser lo que he sido, me transformé en montero, los hombres habían quemado mi corazón, le habían desgarrado; en cada uno veía un enemigo, y no quise sufrir su vista; entonces pensé en las selvas, en su inmensa soledad, con su sombroso pabellón de verdura, con sus libres arroyos, sus profundas grutas y sus cuadrúpedos y montaraces habitantes; pensé en el aislamiento; hice retroceder mi imaginación hasta el hombre de la naturaleza, sentenciado, es verdad, á sostener su vida á costa de un trabajo asíduo y terrible; pero libre como el aire que respira, como los arroyuelos que se precipitan á su antojo, como los pájaros que anidan entre el follaje de los árboles. Salí de Londres sin volver la cabeza para mirar á la ciudad maldita, y anduve todo el día vestido como véis y armado con esta misma ballesta; al declinar la tarde me hallé en el centro enmarañado y solitario de Middlesex Wood; hacía mucho tiempo que había dejado atrás los senderos de los gamos, y había llegado allí pisando yerba que tal vez era hollada por primera vez; me hice una choza de ramas al lado de un manantial, y me dije cuando la ví bastante capaz á darme abrigo: «hé aquí mi alcázar; seré el rey de la selva; si alguna vez los hombres penetran en mis dominios, pasarán de largo con sus brillantes cabalgatas de caza ó sus humildes harapos de mendigo; si alguna vez el bandido me pide un sitio en mi hogar, un lecho de pieles y un pedazo de carne, se lo daré ¡por San Huberto! El bandido es en cierto modo un montero de fieras humanas. La caza es libre, y el gamo y el jabalí darán su carne á mi hambre; la fatiga me hará robusto; el tiempo amenguará mis dolores, y viviré tranquilo.» Ya véis, dijo el montero después de una pequeña pausa, que yo había renunciado el amor de mis hermanos, sus leyes y su protección. Y viví algún tiempo tranquilo, si no feliz; resignado, si no satisfecho. Algunos hombres que sin duda pensaban como yo, se me unieron y al cabo llegué á ser un rey con vasallos, que dominaba á cien corazones valientes, á cien brazos capaces de cortar con un venablo la carrera al gamo más corredor. Pero mis hermanos de los pueblos repararon en sus hermanos de los bosques, y no quisieron permitir continuásemos ejerciendo una profesión tan penosa; nos enviaron algunos archeros para hacernos entender que Middlesex Wood había sido declarado coto real por el obispo canciller; que si queríamos continuar persiguiendo al gamo de las selvas, libre como el aire, y como el aire propiedad de todos, era necesario que pagásemos un crecido tributo, ó someternos por el contrario á ser cazados á la vez y colgados de una encina por los prebostes de los archeros. Nos negamos á satisfacer el tributo, y fuimos declarados caza real. Entonces nos dijimos: «¿á qué luchar? Dindem-Wood es libre; vámonos á Dindem-Wood.» Pero apenas penetramos en su espesura, nuevos archeros se encargaron de hacernos saber que las selvas y las praderas de Inglaterra que no pertenecían á señores de vasallos, pertenecían al rey; en Inglaterra no existía un palmo de tierra que no perteneciese á un coto real ó señorial. Entonces nos dijimos: «la lucha es precisa; luchemos: consideremos á los archeros del obispo y á los monteros de los señores como caza libre; ballesta contra ballesta, y horca por horca.»

—Comprendo, observó Adam Wast; habéis perdido en la lucha.

—¿Y cómo sostenerla? contestó el montero. Cuando apareció el peligro, los cobardes retrocedieron y dejaron reducido el número de mis monteros á una mitad; la otra mitad ha sido dispersada, ahorcada en parte, y en parte desarmada y azotada. ¡Ira de Dios, ingleses! ¡mi rostro está ensangrentado! ¡el talabarte de un mercenario ha macerado el rostro de un inglés!

—¿Y quién te ha traído aquí?

—La casualidad: perseguido por los archeros, rodeado por todas partes, me ví entre mis verdugos y el Támesis: no debí dudar en la elección, y me arrojé al agua; algunas flechas pasaron junto á mí sin tocarme; la niebla me protegió, y tomé tierra en este islote, bien á punto por cierto para escucharos y saber que, como yo, había ingleses ofendidos, ingleses que querían vengarse.