Había tal fuerza de persuasión en el acento del montero, que Adam Wast desarrugó el entrecejo y le tendió la mano.

—Y bien, dijo, te creo y por mi parte acepto tu alianza. ¿Qué decís hermanos?

—Que sí.

—Bien.

—Le aceptamos, contestaron á un tiempo los preguntados, el cortador y el verdugo.

—¿Cómo te llamas? dijo Adam Wast.

—Dik, contestó el montero.

—No le conocemos, observó el cortador; puede ser un espía.

—¿Que no me conocéis? repuso con extrañeza Dik: ¿necesitáis que un hijo de mi madre os responda de mí? añadió dirigiéndose al verdugo y asiéndole una mano; pues bien, hermano mío, asegura á estos hombres que no tenemos sangre de traidores.

—¡Su hermano! exclamaron con el acento de la admiración algunas voces.