—Es un despojo del patíbulo, contestó fríamente Godofredo.
Dik se estremeció, soltó la espada como hubiera podido soltar un hierro candente, y siguió en su solitario paseo circular.
—Mira, dijo Godofredo mostrándole un traje de una tela verde semejante al terciopelo, pesadamente bordada de oro, es un hermoso traje que yo vestía cuando hice mi prueba de corta-cabezas; le he conservado, lo mismo que esta espada, porque cada uno de estos objetos me recuerda una historia. Antes de venderlos me hubiera dejado morir; ¡pero tú tienes hambre!
—No, no; ni este traje ni esta espada se venderán, contestó con firmeza Dik; ve si tienes otro recurso. Si no le hay, sufriré el hambre.
—No, no, exclamó Godofredo, es necesario que yo busque un pedazo de pan; ¡Dios mío! ¡pero ah! estoy loco; de todo me olvido; tengo en esta bolsa los cien florines que me dió para los bandidos de Sowttwark Adam Wast. De estos cien florines bien podré tomar uno para tí; ¿no es verdad, Dik?
—Haz lo que quieras, contestó pensativo.
Godofredo descorrió los cerrojos de la puerta, y la abrió.
—Aguarda, le dijo Dik, ¿dónde habita Adam Wast?
Godofredo llevó á su hermano al respiradero, y le dijo señalándole una pequeña casa contigua á la horca.
—¿Ves allí una ventana iluminada por el reflejo de una luz?