La voz calló, y el oído de Dik devoró hambriento sus últimas vibraciones. Hacía algún tiempo que había cesado el canto, y aún le parecía escucharlo.

Un momento después la luz desapareció de la ventana, é inmediatamente la puerta colocada bajo ella se abrió, y salieron dos mujeres. La una llevaba un lío en la mano, y era joven; la otra una lámpara de hierro, y era vieja. La vieja cerró; la joven se deslizó por la solitaria plaza, y pasó muy cerca del respiradero donde observaba Dik, que escuchó el crujido de un traje y el són de unas ligeras pisadas.

De un salto se puso Dik fuera del subterráneo, y empezó á seguir á la mujer.

La oscuridad era densísima, nada se veía á algunos pasos de distancia, y el leve rumor de los pasos de la mujer era lo único que servía á Dik para no perder la pista.

La joven atravesó la plaza, se deslizó por el cuartel del Temple y se dirigió á San James, sin duda reparó en que la seguían, puesto que se detuvo á la entrada del cuartel, residencia de la alta nobleza. Dik adelantó, y se detuvo junto á ella.

—¿Quién eres? preguntó la niña con una voz argentina.

—¡Quién soy yo!... ¿qué te importa? contestó trabajosamente Dik, mientras su sangre circulaba con una rapidez terrible. ¿Dónde vas, Ketti?

Un grito débil, involuntario, salió de los labios de la joven, y Ricardo la sintió asida de su cuello, sintió los latidos del seno de aquella mujer; la oyó decir con acento indescribible:

—¡Dik!...

La joven no dijo más, dobló su cabeza sobre el pecho del joven, y empezó á llorar entre sollozos.