—Aparta, la dijo Dik separándola dulcemente; no es en mis brazos donde debo recibirte. Me has hecho traición.

—No, no, me engañaron, contestó la joven llorando; ¡te creí muerto!...

—Es decir...

—Que estoy casada.

—Bien, dijo Dik; es necesario que nos alejemos de aquí. Podría encontrarnos una ronda. Necesitamos hablar despacio, y es preciso que me conduzcas á cualquier parte. Yo no conozco á nadie en Londres. ¿A dónde vas?

—Al palacio de lady Ester...

—¡Lady Ester!... exclamó con extrañeza Dik: ¿qué tienes tú de común con lady Ester?

—Coso sus trajes, y le llevo uno para el baile que da esta noche Juan-sin-tierra á los nobles de Whitehall.

—Y bien...

—Ven conmigo, la diré que eres mi Dik; todo lo sabe, porque es buena, y la he contado mis penas. Ella, que es fuerte y poderosa, nos protegerá, Dik.