La joven se asió del brazo de Dik, que se dejó conducir. Al doblar la esquina próxima, un vivo resplandor se dejó ver adelantando hacia ellos. El primer movimiento de entrambos fué mirarse, sin pensar en inquirir la causa de aquel resplandor: la joven era hermosísima, y en sus ojos, grandes y melancólicos, se pintó una expresión de asombro al ver el magnífico traje de Dik, deslumbrante al resplandor que cada vez se acercaba más.
—¡Ah! ¡Dik, dijo con tristeza Ketti, eres un gran señor!
—Silencio, dijo Dik.
El resplandor se había detenido; le producían dos hachones conducidos por archeros que precedían á dos trompeteros y un heraldo á caballo. Dik y Ketti se ocultaron en el dintel de una casa, y observaron; los trompeteros hicieron sonar tres veces las trompetas, y el heraldo gritó con voz sonora:
—Habitantes de la muy ilustre y leal ciudad de Londres: El muy alto y poderoso señor obispo de Eli, canciller del reino, en nombre de su gracia el rey, os hace saber: que el nombrado Dik, montero contra los edictos en los cotos reales de Dinden-Wood, acusado de desacato á su gracia el rey, ha burlado la persecución de los archeros y se ha ocultado en Londres. En nombre del muy alto y poderoso señor obispo de Eli, cincuenta marcos de plata al inglés, noble ó pechero, que presente su cabeza. ¡Salud al rey!
—Y bien, dijo Dik para sí, la cabeza de un montero está harto pagada: pero vale más la de un caballero.
—¡Pobre hombre! exclamó Ketti conmovida, sin sospechar que asía del brazo á aquel á quien acababan de pregonar.
El heraldo y su comitiva adelantaron pasando junto á Dik. Los archeros se apartaron con respeto al ver el rico atavío del joven, y siguieron adelante acompañados de algunos curiosos.
Bien pronto volvió la oscuridad, interrumpida un momento por aquel incidente. Nuestros dos jóvenes siguieron su camino.
—Decíamos que era traidor, dijo un hombre que á la sazón pasaba con otros, y cuya voz era igual en un todo á la de John Asta-de-buey; ¡pobre muchacho! ¡le acaban de pregonar!