—Nunca pensé que lo fuera, contestó una voz que hizo estremecer á Ketti de un modo que se hizo notable á Dik.

Era la voz de Adam Wast.

Aquellos hombres se perdieron por una estrecha y larga travesía en dirección á Whitehall.

Dik y Ketti tomaron otra calle en dirección opuesta.

—¿Cuándo llegamos? preguntó Dik á la joven.

Doblaban entonces el guardacantón de otra calle, y en el centro de ella se veía el reflejo de las luces de un zaguán; era la única casa en la calle que se veía iluminada. Ketti la hizo notar á Dik y le dijo:

—Es allí.

Llegaron. El atrio, por decirlo así, estaba alumbrado por una lámpara en que una estopa anegada en aceite producía una gran llama, á cuyo resplandor se veían monteros, pajes y palafreneros, con el blasón de su dueño al pecho, y agrupados alrededor de una gran chimenea, bebiendo, riendo y murmurando. Un esclavo etíope estaba á guisa de centinela apoyado en el dintel de la puerta. La joven pasó sin dificultad delante de aquel cancerbero, que se interpuso al paso de Dik despojándose de la gorra y preguntándole en mal inglés, aunque con respeto:

—¿A dónde va monseñor?

—Conduce á ese caballero á la sala de armas, contestó Ketti, que se había detenido previendo aquella dificultad.