El negro tomó la lámpara, y Dik pasó siguiéndole junto á aquella turba de hombres de armas, monteros y palafreneros, que se levantaron descubriéndose en señal de respeto, y atravesó el zaguán, mientras Ketti se perdía por la entrada de una estrecha escalera.
El esclavo hizo pasar al joven un largo patio de altos arcos góticos, subir una escalera, atravesar un largo y descubierto corredor; y abriendo una puerta, dijo señalando el interior á Dik:
—He ahí la sala de armas, monseñor.
El negro se inclinó y se alejó. Dik entró y cerró.
Se hallaba en un gran salón, alumbrado por una sola lámpara colocada sobre una mesa en el centro de él; la dudosa claridad que irradiaba á pocos pasos de distancia, se quebraba débil y medrosa en caprichosos reflejos sobre la acicalada superficie de arneses, lorigas, espadas, hachas de armas y mazas de hierro, que componían las numerosas manoplas colgadas irregularmente entre los góticos calados de los muros; las ojivas recargadas de grandes florones, estaban confundidas en la oscuridad, y sobre el embaldosado de mármol resonaban produciendo un eco sonoro los pasos de Dik, que pasaba y repasaba junto á aquellos brillantes trofeos, sin que le debiesen una sola mirada, sin que le arrancasen á su profunda meditación.
Pero al pasar junto á una pequeña puerta, se detuvo levantando su cabeza como si despertase de un letargo; había oído pronunciar su nombre á una voz de mujer, cuyo eco vino á herir en sus recuerdos lejanos: hablaba con Ketti.
Es necesario creer en las apariciones; oyó que decía aquella voz: Ve por él, Ketti: veamos si aún no ha desaparecido.
Una sonrisa ruidosa y alegre terminó aquella observación, á la que siguió un ligero altercado.
—¿No oís que necesito franco el paso? dijo una voz junto á Dik, al mismo tiempo que una mano tocaba á la puerta.
Volvióse el joven y vió junto á sí un hombre que retrocedió al ver el semblante de Dik, que hasta entonces había estado de frente á la puerta, y que retrocedió también.