—¡Ah! ¿sois vos, Agiab? Gracias á Dios que os encuentro, dijo Dik.

El nombrado Agiab tartamudeó algunas frases.

—No, ahora mismo no; añadió Dik dando una intención á estas palabras. Por lo que veo, sois un gran señor, y los grandes señores es difícil que se pierdan en Londres.

Dicho esto, se apartó adelantando á lo largo de la sala; el otro hombre le miró profundamente y llamó con la mano á la puerta, que se abrió como obedeciendo á un resorte. Una joven apareció tras ella con una lámpara en la mano: el que llamó pretendió entrar.

—Es imposible, señor Saul, dijo la joven interponiéndose; la señora se está ataviando para el festín de Whitehall, y es imposible verla. Luego añadió, arrojando una mirada á la sala y viendo á Dik que observaba esta escena.

—¡Eh! caballero, el que habéis venido con Ketti la costurera: mi señora lady Ester desea que paséis á su cámara.

La maliciosa muchacha miró á Saul ó Agiab con un mohín picaresco, y después de haber dejado pasar á Dik, que se adelantó, cerró la puerta dejando plantado al otro, y corrió los dobles cerrojos dando salida á una insolente carcajada.

Dik alzó un tapiz separado de la puerta por el grueso del muro, y se halló en un pequeño retrete alhajado con todo el gusto de aquella época.