Ester miraba á Dik de una manera avara; Dik devoraba la vigorosa hermosura de la joven, abandonada en el sillón con su largo cabello formando un marco negrísimo alrededor de su semblante encantador, y perdiéndose destrenzado sobre un cuello admirable y unos hombros de la más mórbida redondez; una sonrisa fascinadora entreabría su boca voluptuosa, que callaba, dejando hablar á dos ojos negros, lánguidos, enloquecedores.
Lady Ester era entonces la personificación del espíritu tentador.
—Y bien, caballero: ¿dónde habéis estado cuatro años? ¿Sabéis que tengo mucho que quejarme de vos? Casi casi os había creído muerto.
—Y bien, Ester, has recurrido á los vivos y has hecho bien, ¡por la cruz roja! Un Obispo que da festines y un judío que se arruina, son más raros, más preciosos que un matamoros que se ennegrece al sol y al aire de la Siria.
—Y añadid á eso, que vuelve y se enamora... porque creo que tenéis amores con una de mis criadas.
—Es verdad; necesitaba curarme del amor de una mujer hermosa, y recurrí á otra mujer hermosa.
—¡Curarte, Ricardo! ¿y por qué?
—Veamos, Ester, contestó Dik colocándose, ó mejor dicho, abandonándose en la posición más cómoda; recordemos nuestro pasado; pero ante todo, haz que me traigan algo; no he comido en tres días.
Lady Ester saltó de su sillón al oir esta demanda, que demostraba existía la más lata confianza entre ella y Dik. Cruzó sobre su pecho un ancho ropón forrado de armiño, y corrió á la puerta por donde había desaparecido su servidumbre.
—¡Ola! dijo.