La negra que hemos visto sosteniendo el espejo se presentó; lady Ester la dijo algunas palabras en voz baja, y fué á sentarse junto á Dik.
—¡Tres días! murmuró fijando en él una extraña mirada. ¿De dónde venís, caballero? Contadme eso, me tenéis impaciente.
—Sepamos antes en la posición respectiva en que nos hallamos colocados, contestó Dik; hace cuatro años, cuando yo partí para la Tierra Santa era un joven caballero de tez blanca, cuerpo gallardo y cabellos blondos; me hallaba sobre el puente de una galera real, al lado de un rey que departía conmigo como con un hijo, á la vista del pueblo de Londres, que cubría ambas riberas del Támesis; me había despedido de una mujer joven y hermosa que me amaba, y aquella mujer, asomada á las almenas de White-Tower, se despedía de mí la postrera vez agitando un lenzuelo al lado de una reina que saludaba también al rey, y tal vez á mí; era yo entonces lo que se llama un favorito halagado por la fortuna, un hermoso joven, un bizarro caballero, que podía escoger para su amor la más noble, la más hermosa de las mujeres de los Tres Reinos, sin temor de ser desdeñado, á pesar de que su origen era dudoso, y la nobleza de su raza empezaba en él mismo.
En este momento las dos jóvenes que hemos visto peinando á lady Ester entraron precedidas de la esclava, conduciendo una pequeña mesa en que traían un pedazo de jabalí, un jarro de oro lleno de vino y una copa riquísima. Las jóvenes salieron; la esclava permaneció, y escanció el vino. Dik comió.
—Si queréis que prosiga, dijo un momento después Dik, haced que quedemos solos.
—Es sorda y muda, contestó lady Ester refiriéndose á la esclava.
—En ese caso, prosigo. La galera partió, la torre desapareció; desapareció, en fin, Inglaterra. El joven caballero fué cruzado; se batió como un león, porque amaba como un loco. Era pobre y sin nombre, y llegó á ser marqués de Tiro.
—¡Cómo! exclamó lady Ester; ¿pues qué se ha hecho de Conrado?
—Murió en Jerusalén, asesinado por el Viejo de la montaña. Es una historia de guerra que nada nos interesa.
—¿Y Ricardo?