—¡Pues! Ricardo me hizo donación del marquesado; un marquesado que no era más que un nombre; pero un nombre era mucho para lord Salisbury.

Lady Ester nubló el rostro al oir este nombre.

—Me olvidaba, Ester; ese nombre debe entristecerte. Ignoraba que tu padre había...

Dik se detuvo.

—¿Muerto?... exclamó lady Ester, fijando en Dik una mirada indagadora.

—O desaparecido, contestó Dik sin vacilar, de la manera más natural.

Lady Ester siguió escuchando pensativa.

—Decía que el joven tenía un título sin estados, y quiso tenerlos. Estaba empeñado en una guerra de conquista, y no creyó imposible encontrar un tesoro en Siria para comprar un condado en Inglaterra. Pero la suerte le fué fatal. Firmáronse las treguas de Tolemaida, y después de fiestas y torneos inútiles, se embarcó el cruzado con el rey en San Juan de Acre, casi lo mismo que había desembarcado los años antes; es decir, pobre y enamorado, con un título de marqués de Tiro, un nombre de guerra, un arnés de combate y algunos florines en la escarcela. Es decir, el nuevo marqués era un aventurero, sin más bienes que su espada y el favor de un rey tan pobre como él.

Dik había dejado de comer; lady Ester hizo una seña á la esclava, y los dos jóvenes quedaron solos.

—Ahora bien; el rey y el favorito pasaban horas enteras, el uno hablando de su Berenguela y de su Inglaterra, el otro de su Ester. Ambos temían haber sido olvidados y vendidos, y ambos tenían razón. La Inglaterra ha renegado de Ricardo Plantagenet; Ester no llama ya su amante, su hermano, á Ricardo Espada-larga.