—¡Ricardo!
—Antes me llamabas Dik; me decías: yo te amo. Ahora me dices Ricardo; me tratas como un extraño...
—Y te recibo en mi retrete, Dik...
—Es que al entrar en ese retrete, pude ver á alguno que pretendía entrar también, contestó Dik con voz profunda.
—¡Saul! ¡Bah! ¿y cómo quieres que pase las horas de fastidio que me acosan hace cuatro años? ¿No puede una mujer tener un juguete sin que se lo arrojen á la cara? Eres injusto, Dik.
—Y no bastándote un judío por juguete, eliges otro en un Obispo; es cosa extraña.
—¿Y si no fuese un juguete? observó con acento sombrío lady Ester.
—¿Luego no me han engañado?
—¿Crees que puede decirse á una mujer: «tu padre ha desaparecido, no se sabe si vive ó si ha muerto,» cuando esta mujer es la hija del conde de Salisbury, primer justiciero de Inglaterra, vasallo leal que sostenía los derechos del rey contra el Obispo y Juan-sin-tierra, sin que esta mujer piense en vengarse, sin que acoja llena de placer el amor del que cree asesino de su padre?