—¿Sin que, oyéndose llamar hermosa, traiga sobre la cabeza del asesino una venganza cualquiera; aunque sea por medio de un loco celoso?

—Es decir...

—Que te amo, Dik; que no te he olvidado un solo día; que he rogado á Dios por tu vida, si vivías; por tu descanso, si habías muerto; que no amo á nadie más que á tí, ni pertenezco á otro que á tí, por más que las apariencias me condenen.

Y Ester fijó en el joven la mirada de sus hermosos ojos negros, intensa, fija, en que estaban pintadas la esperanza y la duda; mirada suplicante, apasionada, fascinadora, que hizo estremecerse de amor á Dik. El hombre desesperado empezaba de nuevo á amar la vida; con su amor renació su ambición; vió pasar delante de su mente cien fantasmas tentadores; la riqueza con sus alcázares opulentos, la nobleza con su orgullo, la voluptuosidad velada por nubes de perfumes; pasaron junto á él brillantes cabalgatas, pendones blasonados por cuarteles de oro, hombres de armas, esclavos servidores; junto á él estaba la mujer que le enloquecía, hermosa como la Venus púdica, incitadora como la Venus del Ticiano; estaba allí, con la cabellera destrenzada, sus ojos mirando á sus ojos, la hermosa boca entreabierta y los hombros desnudos; pero á veces, detrás de aquella mujer pasaban dos sombras de aspecto sombrío, dos sombras que fijaban en ella una mirada de amor, que despertaba los celos y la cólera en el alma de Dik.

—Y bien, dijo dominado por sus sospechas; ¿si me amas, á qué alentar el amor de esos hombres?

—Oye, Dik, le dijo Ester acercando aún más su sillón, y abandonándose en una posición descuidada sobre uno de los brazos del de Dik; yo había escuchado á esos hombres, porque los necesitaba; yo había creído deber hacerlo, porque era mujer, y mis armas eran sólo el amor; pero ahora que te tengo á tí, tan valiente, tan generoso; tú, á quien amo y á quien he elegido para hacerte dueño de todo el amor de mi alma, tú me vengarás, ¿no es verdad?

Dik fijó una mirada recelosa en la mirada de Ester; sólo vió en ella amor, súplica, esperanza.

Dik acabó de enloquecer.

—Sí, te vengaré, la dijo; pero es necesario que nos separemos; yo sufriré mucho junto á tí.

—Separarnos, ¿y por qué? ¿Cuando tras una larga ausencia vuelvo á encontrarte; cuando te he ofrecido mi amor; cuando te ofrezco mi nombre, mi fortuna, mi alma, separarnos? No, Dik, no quiero estar sola; no quiero tener el corazón seco entre esa turba de miserables cortesanos que me rodea, y me acosa y me fastidia; quiero tener á mi lado un hombre que me ame, que me defienda. ¡Somos tan débiles las mujeres!