—¡Oh! ¡Ester! exclamó Dik; ¡me estás volviendo loco!
—Mira, Ricardo mío, contestó la joven asiendo una mano de Dik: yo conozco á un monje de San Bridge que es un santo: era el confesor de mi padre. Yo soy libre, rica, y te amo. ¿Por qué no unirnos?
Aquella manifestación inesperada sobrecogió á Dik; la desgracia le había hecho formar un concepto poco favorable de las mujeres. Creía que cuando éstas llegan á cierta edad no obran más que por cálculo. Ester era hermosísima, noble, como parienta cercana de la reina Berenguela, rica como un judío usurero. El, según han podido entrever nuestros lectores, era un hombre de origen desconocido, pobre, reducido á vivir á costa de su espada ó de su ballesta. Por más que cuatro años antes Ester le hubiese amado con la misma pasión que á su vuelta había demostrado, temió ser un instrumento, una víctima destinada á cubrir algunos amores vergonzosos ó alguna miserable intriga de corte. Recordó las frases poco respetuosas que respecto á lady Ester se habían permitido los hermanos de la niebla, y dudó, pero por sólo un momento; volvieron á pasar por su mente sus esperanzas y sus locos deseos, y aunque, como antes, se levantaron tras aquella ilusión óptica las sombras de Saul y del Obispo, dijo para sí:
—¡Qué diablo! yo he amado á esta mujer con locura, y nunca la he olvidado de una manera absoluta; la he encontrado más hermosa, más resplandeciente en encantos, y conozco que ha vuelto mi amor con todo su frenesí; es verdad que su reputación es ambigua, pero yo soy á propósito para hacerla marchar por un camino. Con ella tengo un nombre, riquezas, poder; sin ella... sin ella me veré precisado á ahorcarme un día cualquiera, ó á exponerme á que me ahorquen. Mis temores no pasan de ser sospechas; nada sé, y por consiguiente, ya que Dios ó el diablo me presentan la ocasión, asirémosla por los cabellos. En todo caso, lugar me queda para ahorcarme.
En tanto que Dik formulaba este filósofo razonamiento, pretendiendo engañarse á sí mismo, Ester decía para sí:
—Es hermoso, valiente y joven. Me ama; es pobre, y todo me lo deberá; el Obispo y Saul son unos miserables á quienes nunca podría amar; cualquiera de esos rancios barones ó lores me pedirían sin vacilar mi mano, si yo les lanzase una mirada de amor; pero me sepultarían después en uno de sus horribles castillejos, colocados como un nido en la punta de una roca. Por otra parte, ninguno de ellos se atrevería á medirse con el Obispo. Saul... en verdad es hermoso, rico, respetado por su riqueza, me ama con locura... pero es un hebreo á quien no puedo unirme, y luego, le aborrezco, es muy bajo, muy miserable. Ricardo, Ricardo; ¡á él sí que le amo!
Dik y Ester filosofaban casi del mismo modo; cuando hubieron acabado de reflexionar, se miraron casi al mismo tiempo. Ella esperaba una respuesta, él formulaba el medio de dar su consentimiento, cubriendo lo mejor posible las apariencias.
—Ester, dijo él estrechando entre las suyas la hermosa mano que la joven le tenía abandonada; tu amor me enloquece, me llena de orgullo; pero soy harto desgraciado para atreverme á aceptarte por esposa.
—¡Cómo!
—Sí; acaso no sabes mi historia. Yo no tengo nombre, ni padres, ni pasado, ni porvenir; un día al amanecer expusieron dos niños gemelos en el átrio de la abadía de Westminster. El rey era entonces príncipe, y volvía de una ronda amorosa. Pasó por el átrio y oyó nuestros gemidos, porque éramos mi hermano y yo los niños expuestos. Ricardo Corazón-de-León, aunque siempre feroz, guarda instintos generosos tras el aspecto terrible que le distingue; nos tomó bajo la capa y nos llevó á White-Tower, residencia real de su padre Enrique II. Mientras vivió, Enrique el joven, su hijo primogénito, Ricardo y Juan eran unos hijos respetuosos que amaban á su padre: Ricardo llamó á sus hermanos y les presentó su hallazgo; los tres príncipes fueron á la cámara real, y el buen Enrique II adoptó á los pobres huérfanos y les señaló una corta pensión. Nos trataron como hijos de caballero y nos dieron patentes de nobleza como hijos adoptivos de rey. Crecimos sin salir de la morada real; tú, Ester, eras dama de la princesa Berenguela; las galerías de Whitehall oyeron nuestra primera declaración de amor y nuestro juramento de pertenecernos exclusivamente. Después Ricardo fué rey y Berenguela su esposa. Un año adelante acompañaba yo al rey y me cruzaba en Mesina el mismo día que Ricardo, Felipe Augusto, Godofredo de Bullón y Guido de Lusiñán. Cuatro años más, y nos vió volver el mismo mar que nos vió ir. Todos volvíamos con honra; pero todos también, reyes y vasallos volvíamos pobres. Hasta ahora, Ester, mi suerte no había empeorado; pero estaba escrito que yo no debía volver á Londres como salí. Una tormenta nos arrojó sobre las costas de Venecia; nuestra nave quedó rota en los escollos, y yo me salvé á nado; no sé lo que fué de Ricardo, de Godofredo ni de Lusiñán. Atravesé mendigando el Estado veneciano, la Suiza, parte de la Alemania, y volví á Londres hace dos años en una miserable barca de pescadores. Creí que mi casa era aún la casa de mis reyes, y pasé las puertas de Whitehall. Juan-sin-tierra me desconoció, y el Obispo, apoderado del trono, me llamó loco y me mandó dar de palos; creí que tal vez me habría desfigurado, y busqué uno por uno mis amigos, que me reconocieron para insultarme...