—¿Y no viniste á mí...?

—¡Oh! ¡no! preferí la duda; quise creer que tú me amabas aún, y no me atreví á ser tal vez desconocido por tí.

—¡Ricardo!

—Eso hubiera sido para mí la última desgracia, y la evité.

—¿Y has venido esta noche después de cuatro años?

Ricardo se sonrió de una manera sombría.

—¡Ester! la dijo, cuando hace dos años entré en Londres, mi traje era un miserable traje de montañés, y mis armas un puñal. Ahora tengo una noble y buena espada y un traje de brocado. Este traje podrá ayudar mejor tus recuerdos.

—¡Oh! ¡qué injusto eres, Dik!

—Y sin embargo, te he pedido un pedazo de pan para mi hambre.

—Pues bien; yo no quiero que sufras, quiero partir contigo mi amor y mi porvenir; ¿te atreverás á rehusarlos cuando yo te los ofrezco?