—No; pero medita, Ester, que estos dos años he sido un bandido.

—Te habían insultado.

—Que mi cabeza está puesta en precio á son de clarín.

Ester palideció; en aquel momento, como si la casualidad hubiese querido unirse á esta escena, oyéronse muy cerca pisadas de caballos que cesaron debajo de la ventana del retrete; sonaron tres veces trompetas y una voz robusta gritó:

—Habitantes de la muy ilustre y leal ciudad de Londres: el muy alto y poderoso señor obispo de Eli, canciller del reino, en nombre de su gracia el rey, os hace saber: que el nombrado Dik, montero contra los edictos en los cotos reales de Dindem-Wood, acusado de desacato á su gracia el rey, ha burlado la persecución de los archeros, y se ha ocultado en Londres. En nombre del muy alto y poderoso señor obispo de Eli, cincuenta marcos de plata al inglés noble ó pechero que presente su cabeza. ¡Salud al rey!»

Ester abrió la ventana; no era ya un corto número de curiosos el que seguía el pregón; era una muchedumbre sombría y silenciosa, que precedía y seguía, llenando la calle en toda su extensión, á los archeros y al heraldo.

—¡Ah! ¡Dik, Dik mío! dijo Ester cerrando la ventana; ¡oh! es necesario hacer pedazos á ese miserable. ¡Es un asesino!

Entonces Dik recordó una circunstancia que tenía casi olvidada, su hermano le había dicho al entregarle la espada, que aquella arma era un despojo del patíbulo. Entre sus gabilanes había un blasón; aquel blasón estaba reproducido en la placa de la cadena que Adam Wast había entregado al verdugo. Aquella cadena había pertenecido un tiempo á Dik, y Adam Wast no podía poseerla por otro medio que por Ketti, á quien el joven la había confiado. Un embrión de ideas surgió en la mente del joven, y tras ellas presintió una historia terrible que tal vez era la suya.

—Ester, dijo Dik á impulsos de estos pensamientos, ¿conoces esta espada?

Ester miró la espada que le presentaba, dió un grito y exclamó aterrada: