—La espada de combate de Enrique II.

—¡Oh! gritó Dik; ¡era del rey Enrique II esta espada!

—Sí, la entregó á mi padre con un terrible secreto; secreto que jamás reveló á nadie y cuya existencia sólo sé porque algunas veces me decía:

—Ester, esta espada es la reliquia de un mártir; esta espada guarda un secreto, y la desnudará sólo quien deba vengar al rey. Ruega á Dios, Ester, que nos devuelva á alguna persona á quien amamos.

Dik se estremeció, después se levantó con energía y dijo:

—Es necesario que nos separemos, Ester; la Providencia ha puesto esta espada entre mis manos, y debo saber si son ellas esas manos vengadoras.

—¡Oh! ¡tal vez! ¡tal vez! Ahora recuerdo sí, que mi padre te nombraba algunas veces... ¡oh! no te detengo, vé... pero vé también al festín de Whitehall; te espero, quiero que me acompañes.

Dik fué á la puerta por donde había entrado Ketti, y la llamó; la joven apareció en el umbral pálida y agitada. Lady Ester, que había olvidado los amores de Ketti y Dik, desde el momento que vió á la joven se inmutó.

—Esta mujer, dijo Dik á Ester notando su palidez y leyendo en ella un pensamiento, es un medio que nos puede servir de mucho, y es necesario que nada sospeche; y luego añadió alto: Vamos, Ketti, he hablado á tu señora, y me ha ofrecido su protección.

El semblante de Ketti se animó, arrojóse á los pies de lady Ester y besó la orla de su vestido. Ester tuvo lástima de tanto amor.