A poco que andemos, nos encontraremos en el centro del islote; pero ya que somos dueños del tiempo y del espacio, precedamos algunos momentos al primer espectro (si se nos permite llamar así á un sér que la oscuridad permite apenas entrever de una manera informe), al primer espectro, repetimos, que en tal noche y á tal hora visitaba el solitario islote del Támesis.

En el centro de la alameda que le cubría, en medio de un claro, se notaba una mole informe también, pero que demostraba ser una habitación de hombres, puesto que por las rendijas de una puerta mal cerrada, se veía luz en el interior.

Entremos, tomemos posesión de ella, y observemos.

Era una cabaña cuadrada, construída con ramas de árboles, cuyos intersticios estaban cubiertos con tierra amasada, y protegida por un techo de ramas y cañas, en cuyo centro había una claraboya circular, que, atendido un hogar formado con piedras y perpendicularmente situado bajo ella, servía, según probabilidades atendibles, para dar salida al humo en algunos casos, y entrada á la lluvia en otros: en torno de este hogar, sobre un suelo húmedo y resbaladizo; se veían seis piedras, destinadas sin duda á servir de asiento á seis personas. Esta cabaña no tenía otras aberturas para dar paso al aire y la luz que la claraboya que hemos descrito, y una estrecha puerta, al través de cuyas rendijas hemos hecho notar al lector el reflejo de una luz.

El aspecto de esta cabaña era desconsolador, por su rígida rusticidad, por su absoluta carencia de todo objeto propio para cubrir las necesidades más fútiles de la vida, si se exceptúan algunos haces de ramajes arrojados en un ángulo y algunas astillas de tea.

Por lo demás, prescindiendo de un hombre que, sentado sobre una de las piedras se veía al resplandor de una tea encendida, clavada en el suelo y próxima á consumirse, las cenizas esparcidas sobre el hogar y la densa capa de hollín que cubría las paredes y el techo, mostraban que aquella incómoda vivienda era habitada.

El hombre que hemos dicho se veía sentado sobre una de las piedras, era un joven como de veintidós años; su semblante, sin ser hermoso, poseía esas líneas atrevidas y vigorosas que constituyen la majestad de la antigua estatua romana; sus miembros robustos, musculosos, participaban á un tiempo de la fuerza del gladiator y de la agilidad del montañés: y todo este conjunto, tostado por el aire y por el sol, tenía algo de selvático, algo que hacía semejarse á este hombre al hombre de la naturaleza, cuando éste no conocía otro albergue que le protegiese del rigor de las estaciones, más que el ramaje de los bosques ó las estalactitas de una caverna.

Descendiendo á los detalles de este sér, la misma robustez, la misma energía que se notaba en su conjunto, se daba á conocer en cada una de sus partes: larga, espesa y negrísima cabellera; frente espaciosa; cejas negras, también anchas y dilatadas; ojos pardos, grandes y de mirada fija y sombría; nariz recta, de vigoroso perfil y órganos un tanto si se quiere exagerados; boca dotada en su desdén de cierta expresión de fuerza, en su sonrisa de una despreciadora insolencia; barba completa, negra y de medianas dimensiones; cuello corto, grueso y nervioso como el del toro; por lo demás, estatura de atleta.

El traje de este hombre era lo más estricto que darse puede: consistía en una especie de gabán que dejaba desnudos los brazos, las piernas y gran parte del pecho; este gabán era de una tela de lana fuerte y tupida, listada á cuadros por anchas líneas de colores que un tiempo debieron ser rojos y negros, pero á quienes había hecho desmerecer en gran manera la influencia del sol y de la lluvia. Este saco, que era lo único que le hacía no aparecer enteramente desnudo, estaba sujeto á su cintura con una tira de cuero, de que pendía un largo y ancho cuchillo corvo, con empuñadura de asta de ciervo y cubierto con una vaina de piel sin curtir; un tahalí de mismo cuero sujetaba á su espalda una especie de aljaba donde se veían algunos venablos, y últimamente, una ballesta arrojada en el suelo, completaba el armamento de este extraño personaje.

A más de las particularidades que hemos descrito, otras accidentales y casi del momento, le hubieran hecho notable á los ojos del más indiferente; su cabellera estaba impregnada de agua, así como su gabán, haciendo presumir que poco tiempo antes acababa de tomar un baño, indudablemente forzado, puesto que en sus brazos y en sus piernas se veían señales sangrientas, tales como las que pueden producir una caída desgraciada ó el golpe de un látigo.