Por lo tanto, no es de extrañar que nuestro héroe mostrase en su mirada un disgusto sombrío que le hacía aparecer fija y feroz, ni la frecuencia con que fruncía su entrecejo y mordía impaciente su labio inferior.

Aquel hombre era sin duda un fugitivo, porque al ruido producido por una ráfaga de viento sobre la techumbre de la cabaña, ó al mecer el ramaje de la cercana alameda, miraba con la expresión vaga de inquietud que marca el terror, á la puerta entreabierta; y perdido el rumor que le había alarmado, volvía á su inmovilidad y á su sombría expresión de disgusto.

Pero una de las veces en que su cabeza se elevó, como la de un ciervo perseguido que escucha á lo lejos los ladridos de los perros, no permaneció inerte como las veces anteriores; púsose en pie de un salto, levantó del suelo la ballesta, armó en ella un venablo, y después de pisar la tea que casi tocaba á su fin, desapareció por la puerta, dejando la cabaña envuelta en la más densa oscuridad.

Con una exquisita finura de oído, peculiar á los cazadores montañeses, había escuchado el leve rumor de unas pisadas en dirección á la cabaña, cuya puerta rechinó un momento después, empujada por alguno que penetró en el interior.

El choque de un acero sobre un pedernal se dejó oir instantáneamente, y algunas chispas lívidas irradiaron entre la oscuridad en el sitio de la cabaña donde se hallaba el recién venido; poco después dos teas ardían esparciendo en torno su opaca claridad y exhalando un humo compacto y resinoso.

Entonces se vió á su reflejo un hombre como de treinta y cinco años, vestido severamente de negro, y cubierta la cabeza con un gorro del mismo color, que sujetaba las guedejas de una cabellera gris, larga y espesa, que servía, por decirlo así, de marco á una cabeza en que un frenólogo hubiera hallado las protuberancias que distinguen á un pensador. Este hombre era de mediana estatura; vestía el traje de los abogados de aquella época, y, aunque arma impropia de su estado, ostentaba en su cintura, sujeto con un ceñidor de piel curtida, un puñal que casi llegaba á las dimensiones de espada. A pesar de lo solitario del sitio, un antifaz cubría el rostro de este hombre desde el nacimiento de la frente hasta la parte media de la nariz.

Hemos dicho que en un ángulo de la cabaña había algunos haces de ramaje, y ahora, á fuer de minuciosos descritores, diremos que parte de ellos fué trasladada al hogar, y que inmediatamente la luz de una hoguera hizo inútil, envolviéndola en su resplandor, la de las teas.

En este momento otro hombre entró, arrojó en torno una mirada inquisidora, y al reparar en el del antifaz, preguntó en voz gutural y marcada al que entraba, que no adelantó un solo paso:

—¿Qué hora es?

—La del sufrimiento, contestó el preguntado.