Ester no contestó; seguía abismada en su meditación. Saul se mordió con furor el labio inferior devorando un rugido. Después, olvidando la prudencia, se desbordó.

—Paréceme, señora, dijo, que mi posición respecto á vos es hoy enteramente distinta de lo que era ayer.

—¿Quién habla así delante de mí? exclamó lady Ester levantándose en un ademán tan soberbio, que hizo retroceder á Saul; ¿quién se atreve á entrar en el retrete de la condesa de Salisbury sin su consentimiento?

—¡Yo! contestó con impudencia Saul; yo, que me creo con tanto derecho, si no con más, que quien acaba de salir de él.

—¡Miserable judío! gritó lady Ester sin cuidarse de ser escuchada; ¡perro infiel, á quien yo he admitido á mi presencia como se admite un bufón ó una bailarina!... ¿habíais llegado á creer, miserable, que la hija de mi padre había fijado su atención en tí, mas que como en un objeto de diversión? ¿que te había igualado á un buen caballero, á Espada-larga, hermano de armas de Corazón-de-León?

—¿Es decir, á un soldado de fortuna, á un hombre encontrado en su infancia en las gradas de Westminster? ¿Y por qué no? ¿Porque soy judío, porque pertenezco á una gran nación, que no tiene otra mancha que haber sido vencida? ¡Bah! lady Ester, si vos sois entre los vuestros una noble descendiente de los Salisbury, yo soy rey entre los míos. El nombre de Saul está escrito con letras de oro en la historia de mi pueblo. Y luego, no debiérais desdeñarme, porque si yo soy judío, judía sois vos, porque era judía vuestra madre.

—¡Mientes! miserable, como miente un judío. ¿Quieres saber por qué yo he doblegado mi orgullo hasta cruzar mi palabra con la tuya? ¿Sabes por qué yo he consentido que alientes una esperanza hacia mí?

—Vuestro padre había desaparecido, había muerto tal vez, y queríais vengarle; yo os vi hermosa como las vírgenes de mi pueblo y noble y grande como las heroínas de nuestra historia. Fuisteis para mí un tesoro de recuerdos perdidos, una ambición gigante, un sueño eterno y apenador. Para llegar á vos, para hacerme reparar de vos, necesitaba elevarme. Era rico, y arrojé el oro con largueza. ¡Por el padre Abraham, señora! Esos orgullosos lores y barones me admitieron entre sí, porque mi oro entraba á manos llenas en sus arcas. La reina regente, Eleonora de Guiene, necesitaba mucho oro para alentar el bando que debía destronar á Ricardo y colocar en su trono á Juan-sin-tierra. Era necesario comprar á un precio exorbitante la traición de esos rancios nobles cristianísimos, y el judío infiel derramó profusamente su dinero á trueque de ser admitido á sus festines y á sus cabalgatas, donde solía veros alguna vez. El conoceros, señora, me ha costado un tesoro; el llegar hasta vos lo debo á la casualidad.

La joven callaba con visibles señales de disgusto.

—Mi amor no os fué desconocido mucho tiempo, y le alentasteis, señora, porque os convenía. Sospechabais que vuestro padre había sido muerto por el rebelde Obispo de Eli, á quien en vez de mostrar odio mostrasteis amor. El Obispo es un imbécil, y creyó que le amabais. Vos le esplorásteis, vuestras dudas acerca del misterioso paradero de vuestro padre se tornaron en certidumbre. Entonces dijisteis: «Es necesario que este hombre muera; buscaré un enemigo poderoso é implacable...» Dios me arrojó entonces junto á vos; leísteis en mí un amor loco, sin más ambición que vos, intenso lo bastante para doblegarme á servir vuestra venganza sin condiciones. Si vos me hubierais dicho: «Necesito la vida del Obispo,» yo os hubiera traído su cabeza; pero os guardasteis bien de hacerlo: demandar un sacrificio es obligarse á otro sacrificio, y vos, pensadora más de lo que vuestra edad promete, elegisteis un camino más largo pero más seguro. Alentásteis mi amor, lo elevásteis hasta la locura, y cuando le vísteis bastante empeñado para ser indomable, lo herísteis, señora, desdeñándome por el Obispo. Los celos surgieron del fondo de mi alma, y ansié matar al Obispo. Vos sabíais demasiado que esto debía suceder. Pues bien, escuchad: ¿oís ese rumor lejano que se pierde en dirección del cuartel de la Torre?