Nada más cruel, nada más implacable que un hombre que ama y se cree amado, cuando la fatalidad le muestra que el amor sólo está de su parte; que ha sido, en fin, el juguete de una mujer. En este estado se encontraba Saul cuando pasó delante de él el orgulloso y afortunado Espada-larga.
La puerta que comunicaba con el retrete de la hermosa condesa de Salisbury había quedado abierta; Saul la empujó, y antes de levantar el tapiz, observó, oculto tras sus plegaduras, á Ester.
La joven permanecía abandonada en el sillón, pensativa y replegada en sí misma, gozando con el recuerdo de Ricardo. Le amaba, y en su semblante estaba pintado todo su amor; amor confiado, inmenso, sublimado por cuatro años de ausencia y de esperanza; amor impaciente, que se pintaba de una manera enérgica en sus ojos; que se revelaba en la agitación de su hermoso seno.
El israelita no pudo sufrir más, y se presentó de repente, adelantando mudo y mesurado hacia Ester, que no reparó en él; Ester soñaba despierta.
Un momento permaneció Saul inmóvil, con la vista fija devorando á la joven; al fin dijo en un acento que el furor hacía trémulo:
—Milady: ¡Dios os bendiga!
Ester volvió en sí al sonido de aquella voz, y frunció el soberbio entrecejo al ver á Saul; pero aquella expresión de un marcado disgusto fué reemplazada instantáneamente por una glacial y reservada indiferencia.
—Que Dios os proteja, Saul, contestó volviendo á su silencio.
Jamás había sido recibido el judío de un modo tan extraño; siempre había encontrado una sonrisa en la hermosa boca de la joven lady; siempre una mirada afectuosa de ella había contestado á su mirada de amor. Saul conoció que se hallaba colocado en una posición ambigua.
—He venido, señora, á ofrecerme á vos como acompañante para el festín de esta noche, dijo haciendo un esfuerzo sobre sí.