—¡Salid! gritó con doble furor Ester.
—Pues bien, no saldré, dijo el judío levantándose con energía; llamad á vuestros esclavos, llamadlos si os atrevéis.
Ester se dejó caer fatigada sobre el sillón.
—Lo veo; he sido un instrumento para vos, que rompéis cuando no os sirve: en buen hora; pero tened cuenta con mi venganza.
—Sois un miserable, Saul, y me obligaréis á dar un escándalo en mi casa.
—Escándalo por escándalo; no saldré de aquí sin haberos deshonrado, dijo el hebreo yendo á cerrar las puertas del retrete. Pero en aquel momento, y antes de que Ester tuviese tiempo de llamar á su servidumbre, un hombre entró en el retrete, envuelto en un ancho manto cuya capucha echó atrás, dejando ver un semblante anciano y venerable.
—Parece que he llegado á tiempo, hija mía, dijo el nuevo interlocutor.
—¡Ah! ¡padre mío! ¡bien venido sois siempre! ¡Dios os envía!
Saul quedó inmóvil como una estatua junto á la puerta que había ido á cerrar.
—En cuanto á vos, señor Agiab, haréis bien de poneros en salvo y ver si podéis salvar algo de vuestro oro antes de que el pueblo llegue á vuestra casa.