Sea que el judío temiese verdaderamente por sí, sea que aprovechase aquella oportunidad para salir de una posición difícil, desapareció por la puerta más cercana, arrojando una mirada desesperada á Ester.

—Tengo que hablarte, hija mía, dijo el anciano cuando quedaron solos.

—Os escucho, padre mío, contestó Ester.

—No, aquí no; pudieran oirnos.

Lady Ester tomó la lámpara que ardía sobre la mesa, y salió del retrete acompañada del anciano.

IX
UNA SORPRESA